sábado, 3 de agosto de 2013

El hombre de la tabernas

Vilanova de Milfontes, julio 2013



Los bares. Los bares, mi afición pública. Yo voy al bar como otros van al teatro.

Dramas, comedias, sainetes y entremeses al otro lado de la barra. Y a este. Aquí todos somos espectadores y espectáculo. Mis bares: un riguroso itinerario con paradas obligadas y circunstanciales. La vuelta al tinto en 80 bares.

En Santander yo pasaba más tiempo en el bar que en casa. Me atrevo a decir que sólo existen dos tipos de hombres: el hombre de cafetería y el hombre de bar. Especies ambas que no suelen hacer buenas migas entre sí. El hombre de cafetería es más homogéneo. Usa traje incluso en las épocas más calurosas. Admirable resulta en verano, con el nudo de la corbata impertérrito y la camisa revenida en los sobacos. Nos cruza la cara de luz con su rolex de oro o del moro. Trabaja en un banco y es un ameno conversador automovilístico. Su voz vive en un teléfono y le está llevando el pelo el ventilador de la oficina. Nunca entra en un bar y si lo hace su toque de distinción consiste en tomarse un Campoviejo. Y le caen unas gotitas en el babero de la corbata.

El segundo tipo es el hombre de bar, que llamaremos, genéricamente, el hombre de las tabernas. El hombre de las tabernas puede ser nómada o sedentario. Me quedo con el primero que es el auténtico aventurero, el héroe romántico de los bares. El que desafía todos los días a los peligrosos microbios que pueblan los vasos de los numerosos bares que recorre. El que se atreve con las tapas de ensaladilla en pleno verano. El que abre la puerta de los servicios sin volver el rostro y entra con resolución. El que domina el arte de conseguir un vaso en una barra cubierta por triple fila de rugientes clientes. El que con sus increíbles reflejos esquiva el vino que, empujado por un codo cercano, iba destinado a su pantalón. El que sabe atender a los borrachos y hacerles la conversación boca o boca. El que sabe entrar solo en un bar sin escudo contra los flechazos de las miradas. El que sabe saludar y pagar sin ser visto...

          (Fragmento de una carta de Manuel Antonio Orodea 
al autor desde Minas de Riotinto, 3-Nov-86)

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